domingo, 31 de enero de 2010

Me voy....

... pero sin llegar a decir "adiós", pues me voy y vuelvo, y vuelvo y me voy.
Cojo aire, sonrío, lo intento, ¿lo consigo? Y vuelvo, para quedarme esta vez, os lo prometo.
Os quiero (a la mayoría de vosotros).

martes, 19 de enero de 2010

La cosa va de príncipes...


Hace poco me uní a uno de esos grupos del Santo Facebook (al que cada vez detesto más) que decía algo así como "Culpo a Disney de mis altas expectativas en cuanto a hombres". Y la verdad sea dicha, a todos nos hizo gracia cuando lo vimos, ¿sí o no? Pero, díganme una cosa, ¿es ésa la cruda realidad? Sinceramente, y para no variar, no me decantaré hacia si lo es o si no lo es. Pero, da que pensar.
El mayor porcentaje de mujeres (al menos las que conozco, que no son pocas), cuando somos pequeñas, soñamos con príncipes y princesas (y castillos y carrozas y caballos, pero eso no viene tanto al caso). Más tarde, al hacernos un poquito más mayores (la época de las Barbies, digamos), nos montamos historias en las que dos personajes (Barbie y Ken, o un Action Man del hermano mayor, en su defecto) se encuentran, se enamoran y se quedan juntos para siempre. ¡Y parece tan fácil! Y luego ya, cuando somos "edad-del-pavo-total", nos da por enamorarnos del primero que pasa y ver comedias románticas. Historias con un mismo patrón, normalmente: un principio bonito, un nudo un poco complicado y, cómo no, un final feliz. Claro, ¿qué vamos a esperar pues, si no, del mundo real, de los hombres? Un príncipe. Quizás no con caballo y sangre azul, pero si puede ser con coche y dinero, mejor que mejor. Alto, guapo, divertido y que, como es lo normal en los príncipes, nos trate como princesas. Pero, ¿con qué nos encontramos? Con hombres que no hablan claro, que esconden la cabeza bajo el ala o huyen a la mínima, que nos marean, que no saben lo que quieren, que están llenos de miedo y dudas, que se complican, o que, sin más, nos utilizan y al cansarse, se desvanecen (para posteriormente, reaparecer de la nada como si nada, valga la redundancia). ¡Ojo! No digo que siempre sea así. Hay también muchos hombres muy buenos, casi perfectos. Pero suelen estar escondidos, y, al parecer, no todas nos los merecemos.
El otro día hablábamos con mi hijita sobre lo complicado y feo que se está poniendo todo esto del amor y del maldito bastardo del príncipe azul. Y lo peor de todo es que la gran mayoría de nosotras acabamos enamoradas de la persona que más daño nos ha hecho (queriendo o sin querer). Y eso cuesta de curar... Obvio. Y a veces no cura. Obvio también.
Total, que la conclusión es que habrá que acabar casándose con hombres de plástico. Qué triste... ¿verdad?

martes, 12 de enero de 2010

Bicicleta para tres.

¿Quién dijo que tres son multitud? ¿Quién dijo que una bicicleta de uno, es solo para uno? ¿Quién dijo que una noche cualquiera no puede ser una gran noche? Nada es imposible cuando mi estrellita argentinolondinense aterriza en mi no muy adorada ciudad. Nada. Y eso es lo que hace que una noche como la de aquél viernes cualquiera me haga sonreír aún ahora, un mes después. Y por mucho tiempo será recordada, estoy segura. Almenos por mí. Porqué las cosas que me pasan con ella, mi princess, no me pasan con todo el mundo. No hacen falta muchas palabras, ni explicaciones. No hace falta mucha gente (ya lo he dicho, ¡éramos tres!), ni música excesivamente alta y de calidad. Solo hace falta una cámara de fotos y su sonrisa. Me sobra todo lo demás.
Y es que hay noches que pasan a la memoria y no sabemos porqué. Algunas veces es la música, otras la compañía. También puede ser por quién conoces por casualidad (¿Casualidad? ¡No! ¡Destino! Siempre) durante la velada, o por haberse reencontrado con ese "alguien". A veces por el conjunto de una serie de factores... Quién sabe.
Pero aquella noche... Aquella noche no tuvo nada de eso, y a su vez tuvo mucho más. ¿A qué me refiero? A que fue especial, distinta al resto de noches locas. A que no me preocupó nada. NA-DA. A que no pensé en otra cosa que no fuera esa música brasilera tan dulce y maravillosa, esas cervezas del "paki" tan frías, ese ir y venir por las calles tristes y grises del gótico, que parecieron pintarse de colores a cada carcajada que soltamos. A que fue todo como un sueño, de esos en los que puedes hacer todo lo que quieras porque no te va a pasar nada. Algo así. Aunque nos llevamos algún que otro cubo de agua fría des del cielo, de esos como los de las películas. Pero hasta eso va a pasar a la historia (un secreto: siempre que paso por el trozo de calle por el que mágicamente nos llovió, alzo la mirada y digo orgullosa "des ahí me tiraron el cubo de agua aquella noche de viernes cualquiera"). En resumen, las noches de "notengoganas", música en directo, cerveza, Geraldine y bicicletas para tres... son todo un placer.


En la foto, parte de nuestro tercer compañero y conductor de la bicicleta mágica[también en la foto], Óscar Aguar.

Nunca seré lo suficientemente buena para él.

Ahora ya lo sé.
Y, me guste o no, creo que aquí acaba una historia.

domingo, 10 de enero de 2010

Caminante no hay camino...

Y no, no lo hay para mí. Almenos de momento. Es curioso en realidad. Nacemos, crecemos y nos perdemos (Aunque no todos. Hay algunos afortunados que nacen con el camino señalado). Y entonces, ¿qué haces? Yo, personalmente, me he tirado mucho tiempo desesperada por encontrar mi lugar, mi media langosta, mi vocación, mi utilidad en el mundo... Mi camino. Y no ha servido de mucho, la verdad. Cuando pierdes el camino, el rumbo, el porqué de tu vida, desesperarse, sentirse mal, llorar y quejarse no sirve. Solo puedes esperar, con toda la paciencia del mundo y sin rechistar lo más mínimo. Sentarte en el cruce (o en la rotonda) y observar todo cuanto ocurre (eso que tanto adoro y que llamo incorrectamente adrede "un" señal). Porque existen. Lo sé. Yo he visto montones. Creo que es eso lo que nos marca el camino, sinceramente. Por pequeño e insignificante que pueda parecer a primera vista. Ahora, ¿qué pasa con la gente que no les da importancia, que no creen en "los" señales o no quieren verlos? Que siguen perdidos y no entienden porqué, y se quedan así para siempre, entorpeciendo los caminos de los demás.

Entiendo lo jodido que es perderse, y lo duro que es sentir que nunca vas a salir de ese cruce (o rotonda), pero son cosas de la vida, nunca mejor dicho, y hay que dejar que pasen.

Yo tengo ganas de comerme el mundo, de encontrarme, de encontrar todo lo que sé que me hará feliz, y tener una vida plena, llena de buenos recuerdos que hagan olvidar los malos momentos. Tengo ganas de gritar al mundo mi verdad, de hacer llorar y reír a la gente con mis creencias y mis pensamientos, con mis palabras. Tengo ganas de que la gente se sienta orgullosa de mí, de que me aplaudan. Tengo ganas de sentir que he dejado de ser prescindible, que hay gente que me quiere y que no me volverá a fallar. Tengo ganas de creerme mi futuro, verme en él y saber que he dejado de equivocarme. Y sé que todo esto lo conseguiré cuando, desde la eterna piedra en la que estoy sentada, un hada (del latín fata, y éste de fatum "destino") pizpireta y llena de purpurina dorada levante un dedo y me diga: "Maria, por ahí".
(En la foto, mi más risueña y vividora compañera de locura, Carla Quilabert. Moltíssimes gràcies per la foto i la seva pertinent inspiració)