jueves, 25 de febrero de 2010

“Benvinguts al Comtat del Pou del Glaç. El rei Artur us vol parlar.”


Hay experiencias en la vida que tienen como inicio la casualidad (¿Casualidad? ¡Nunca!) de un comentario desanimado a una persona X y acaban por marcar un todo en tu corazón que no se quita ni con aguarrás. Así empezó esta historia de pous de glaç, carcajadas de niños, descubrimientos de vecinas encantadoras y litronas de Xibeca de madrugada.
Cuando llevas un tiempo sintiéndote más perdido que un hijo de puta en el día del padre (Veci, gràcies per aquesta gran frase! I per moltes coses més, està clar) y además estás en el paro (sin vistas a que la situación mejore), llega un punto en que ya no sabes a quién suplicar un “algo” que hacer (aunque sea de gratis y por amor al arte). Ése era mi caso, señoras y señores, y por poco no salgo viva esta vez.
Después de deambular por la mayoría de hoteles de mi ciudad, agencias de azafatas, tiendas de ropa, velas y bolsos y otros negocios varios que tampoco me pondré a mentar, en busca de algún contrato, por basura que fuera, para poder subsistir en este mundo capitalista (de mierda) de facturas de móvil, ropa de temporada y cafés [barra] cervezas en el bar de la esquina, quedé un jueves por la mañana al más puro estilo de Los lunes al sol (gracias Fernando León) con mi rebelde, desaliñado y no por eso menos querido amigo Pol (al que amo profundamente, he de decir). ¿Quién me iba a decir que sería él el que me salvaría de un final trágico de sumisión a la locura total? Pensad que yo vivía con dos padres jubilados y estaba en el más profundo de los paros (a parte de todas las problemáticas varias que hay en mi destaratada vida, claro está). Pero sí, él y su siempre presente voluntad de echar un cable fueron los que me llevaron a una ofina de la Avenida Madrid para, posteriormente, acabar en una casa de colonias dejada de la mano de Dios en la Sierra de los Perdidos (no podía haber ido a parar a un lugar más acertado, ¿a que no?).
Y entonces empezó lo bueno. Horas y horas, y horas (y más horas) de niños arriba y abajo, de perímetros de seguridad para rocódromos, puentes colgantes y tirolinas, de “como no calléis, paro la actividad”, de flechas que van a parar al campo de futbol por culpa de punterías novatas, de cascos, de arneses, de quads que no arrancan (“Profeeee!! El quad no va!! Truca al Jordi!”. “Jordi… estooo… quan puguis vine, que els quads m’han declarat la guerra… Ho sentoooo!” “Jajajajaja! Tranquil·la, ara vinc!” y así, sucedánea(sucesiva)mente), de los macarrones de Glòria con queso rayado y gelatina roja en vasos de plástico, de talleres de torno, azujelos y barro, de excursiones por la tarde, casco en mano, con las btt (“Daviiiid!!! Rooodaaa!!” “Daviiiid!! Cadeeenaaaa!” “Noooissss! Cooootxeeee!” “Tractooooor!!”) y de miles de experiencias que no dejan a nadie indiferente (para bien o para mal). Son solo tres días al fin y al cabo, pero da penita cuando llega el final y, ya des del autocar, se amorran al cristal y te dicen adiós (¡algunos con lágrimas en los ojos y todo!) antes de que el motor ruja en señal de partida, y de hecho, se les echa de menos cuando no están. La casa se torna triste de tan vacía.
Llevo poco tiempo sí (muy poco comparándome con el resto de compañeros), pero si os explico de una forma más personal lo que siento cuando estoy allí, debo confesaros una cosa. He llegado a tal nivel de ilusión que, de una forma particular (y completamente mía), voy sacando mis famosos “puntos de felicidad” de gestos y cosas que jamás pensé que me harían conseguir nada. Ya no solo soy feliz al levantarme y pensar que gano dinero (poderoso caballero es Don Dinero… you know) haciendo una cosa que me gusta (todos sabemos lo difícil que se ha puesto esto hoy en día), si no que he aprendido a encontrar felicidad en la primera imagen de mis mañanas (imagen que a algunos les haría entrar pánico): la marabunta (entendiendo “marabunta” como el “movimiento masivo de hormigas [niños] voraces que devoran a su paso todo lo comestible [o no] que encuentran”, y no como la “aglomeración de gente que produce mucho jaleo o ruido”) de niños con cara de locos que a las ocho o’clock (hora en que yo, y más de uno, aún no soy capaz de articular palabra) van corriendo a desayunar con una sonrisa de punta a punta del rostro para empezar cuanto antes la actividad que les toque, en la afonía-vozdeManolo fruto de los gritos continuos que tengo que pegar, en los encontronazos con "arañitas", bichos voladores peludos y ruidosos, ratoncillos de pastelería y de más insectos y derivados característicos de las casas de montaña, en el olor a polvo viejo de las mantas viejas al cubrirme con ellas por la noche después de haberlo dado todo en la disco-fiestón... He aprendido a encontrar felicidad en una ducha de vainilla y agua ardiendo con goteras de agua helada recorriéndome la espalda y techos que se caen a trozos a cada portazo que se me escapa, en el comer verdura y no echarme solo patata, si no también judía, en las conversaciones a dos (o a tres, o a cuatro, o a cinco…) debajo de un cielo LLENO de estrellas, Xibeca helada en mano, a menos 1000 bajo cero y cacareando en vez de hablar (porque las “tiritaciones” no permiten otra cosa), en las reuniones del viernes, justo después de las cuales viene la cervecita de despedida (que qué penita da).
No sé por cuanto mi sentimiento positivo hacia todo esto que me está pasando durará, pero alguien me dijo una vez que se tiene que vivir pensando en el presente, haciendo lo que se siente y dejar todo elemento sobrante (y seguramente punzante) a un lado, para disfrutar al máximo lo que te aporte tanto. Corren tiempos difíciles, en que Ilusión, Motivación y Alegría, según como, poco se dejan ver, así que yo me voy a quedar con todo esto, para coger fuerza y enfrentar lo malo que pueda venir, que nunca se sabe.


“Benvinguts al Comtat del Pou del Glaç. El rei Artur us ha parlat”. La Bisbal d’Empordà, Tevetrés, pa'servirlesencuerpoyalma.


Música a cargo de Neil Hannon y Yann Tiernes con Les Jours Tristes (nada más lejos de la realidad).