jueves, 4 de noviembre de 2010

Pienso lo que escribo. Olvido lo que pienso.

Maldigo la rutina de inspirarme cuando delante no hay papel. Me tumbo en la cama, bajo el nórdico traicionero, derrotada por otro día de veintimuchas horas, y "pum", mi cerebro empieza a enlazar palabras seguidas con algo de sentido del arte para después acabar exigiéndome que me levante y las escriba. Entra en juego justo ahí la batalla casi moral de arriesgar mi vida para salir de la cama (a la que tantas horas me ha costado llegar), buscar un papel (en sucio, siempre) y sacar a la luz lo que el Sr. Seso ha conseguido. Total, ¿para qué? Para seis míseras líneas que a nadie le van a importar.
Sí. Quiero volver a escribir sobre el amor, sobre la pena. Quiero volver a hacer reír y llorar. Quiero poder sentarme con tiempo frente a la pantallita brillante y apretar cada tecla con letras conseguiendo sin darme cuenta una redacción de los sentimientos abstractos (y comunes a su vez) que pasan por mi interior.
Pero sobre todo, SOBRE TODO, quiero una tregua (larga) con mi inspiración y su inoportunidad.
Acabaré por escribirme en un post-it: "Perdona si no me levanto".