domingo, 26 de junio de 2011

Mala hierba...


¡¡Tachán!! I'm back.

viernes, 28 de enero de 2011

Lo que pocos saben de mí.

Hablando con una amiga (que realmente jamás pensé que fuera a llamar amiga), he recordado que una vez escribí un texto sobre algo que mueve mi mundo y mi corazón, y creo recordar que me salió bastante a mi gusto (los que me conocéis y me leéis, sabéis que nunca estoy del todo contenta con lo que me sale).
He decidido publicarlo aquí, porque le tengo cariño y porque me hace recordar días bonitos de mi vida.
Espero que os guste.


Carmen; Sara Baras.

Última función, última fila. La posición era pésima, pero la intención era la más buena. Debo reconocer que no me hacía especial ilusión asistir a esa obra ayer, pero también debo decir que nunca había estado tan equivocada.
Se apagan las luces. El majestuoso teatro Coliseum se silencia por completo. Incluso creo que dejamos de respirar por un momento. Empiezan a sonar acordes en una guitarra, y se intuye el cuerpo de baile en el escenario. Empieza el espectáculo.
Creo que no tardé ni dos minutos en empezar a llorar, aunque en realidad nadie de los miles de asistentes, ni siquiera mi querida acompañante, se dio cuenta.
Pocos entenderán el porqué de mi llanto reprimido, y solamente los que me conozcan muy a fondo lo sabrán antes de leerlo.
Yo era una de esas bailarinas. Yo estaba en ese escenario. Yo me movía al compás con el resto de compañeros. Volvía a mí, allá arriba de todo dónde estaba sentada con la impotencia a flor de piel, el sueño de mi vida. Lloré, sí. Lloré de rabia. Porque mi sueño una vez más me hizo caerme de culo en la realidad. Yo jamás podré hacer lo que vi ayer, pero siempre me quedará la imaginación. Y, a sabiendas que me autoengañaba, seguí en el escenario bailando con el resto.
Y recibí mi primera multitud de aplausos. Y la piel se me puso de gallina. Y ya no pude evitarlo, se quedó así hasta el final de la obra.
Una cosa así, un arte tan perfecto, tan expresivo, tan sensiblemente coordinado... no se puede explicar con palabras. Ni siquiera con imágenes. Fue algo sublime.
Y por fin llegó el final. Y digo "por fin" porque es mi momento favorito, el que me da más pena perderme de todo el sueño. Se baja el telón, la gente salta de las sillas y aplaude de una manera tan sorda e insistente, que todavía hoy me silvan los oídos. La cortina se corre de nuevo, y ahí estoy yo, con el corazón completamente parado por ver a un teatro entero de pie, llorando, sonriendo, con la boca abierta y aplaudiendo. Esa sensación jamás me la va a quitar nadie.
Siempre quise que alguien dijera eso de mí y, como sé que no podrá ser, te lo digo yo a ti desde lo más humilde de mi ser:
tú no bailas, tú dibujas en el aire.

martes, 4 de enero de 2011

Aprender a vivir muriendo cada día.


Muchos me toman por loca extremista cuando siquiera nombro esta nueva y maravillosa doctrina mía con la que intento convivir desde hace unos meses, y eso pasa porque no me entienden bien.

Mi intención, aquí y ahora, no es otra que la de explicar, con toda la exactitud que pueda, el porque veo mi vida así.

Todo empezó con un pasaje de Marina, de Carlos Ruiz Zafón, obra que seguro conoceréis e incluso algunos habréis leído. La frase en cuestión era de uno de los personajes (de aquellos secundarios a más no poder, pero de los que marcan), y decía lo siguiente: "Sempre deia que els éssers humans deixaven passar l'existència com si haguessin de viure sempre i que aquesta era la seva perdició". A simple vista, una frase más. Estoy de acuerdo. Pero si la lees en ESE momento y con ESE estado de ánimo... ¡Tachán! Te vuelves adicta a ella.

Estoy prácticamente segura de que el 99% de vosotros os habéis quedado igual al leerla. Es un símptoma normal, tranquilos. Los efectos pasarán rápido (espero) si seguís leyendo mi intento de justificación.

Yo en esa frase no vi sólo letras formando palabras (que es, creo, lo que os habrá pasado a vosotros). Yo en esa frase vi días y días y más días tirados a la basura por tonterías, por malos ratos llenos de paranoia, por tristeza que no valía la pena llorar. Vi días de "ya lo haré mañana" que nunca llegaron. Vi días de verdes envidias, de miedos sin razón, de momentos recordando cosas que no servían para seguir adelante. Vi días grises, aún y tener el cielo azul picando a mi ventana. Vi días que me hicieron pensar "qué tonta has sido, desperdiciando un día entero en no hacer NADA (bueno)".


Vivo sabiendo que cada día podría morir, y eso no es ni pesimista ni negativo ni extremista. Es MI manera de darle la oportunidad a cada día de ser ÚNICO y entender que mi vida es genial y vale la pena por encima de todas las cosas.







Amén.