sábado, 2 de junio de 2012

Arigato gozaimasu.

La piel le quemaba siempre. Su mirada desprendía miel y agua salada por igual y en las venas, notas y ritmos. Era color y sonrisa, y movimientos lentos llenos de algo que ni siquiera yo soy capaz de definir. Si compartían canción, todo su alrededor dejaba de ser real. Los minutos eran lentos y los segundos se medían por latidos, vueltas de hombro con hombro, y un, dos, tres, cuatro, un, dos, tres, cuatro.
De noche, las manos siempre cogidas para no dejarse. En un mundo al revés habría sido posible. Mármol oscuro por cuerpo y en los dedos miles de plumas. ¡Maldito niño! Bendita inconsciencia. Será de esos recuerdos que parecen un sueño que tuvieron hace tiempo, quizás una noche de verano, que les sacará de la realidad por un momento y les hará recordar algo exótico y salvaje que vivieron una vez. Arigato gozaimasu.


Lo que dan de sí las canciones. Inspiración imperfecta.